Dos señores estaban sentados en la banca de un parque, viendo como una ardilla saltaba de un árbol a otro. La ardilla se preparaba a saltar a una rama tan lejana que su salto parecía un suicidio. Se podría jurar que no la alcanzaría, pero siempre aterrizaba, a salvo, en una rama más baja. Luego subía hacia su meta, y parecía muy satisfecha.
El más viejo de los señores le dijo al más joven:
–He visto muchas ardillas saltar así, especialmente si hay depredadores alrededor, y nunca caen a tierra. Muchas de ellas no alcanzan las ramas a las que apuntaban, pero nunca he visto a ninguna lesionarse al tratar.
Luego, riendo, observó:
–Supongo que al menos tienen que correr un riesgo, pues si no se quedarían en un árbol durante toda su vida.
Después de esa experiencia, cada vez que el joven tenía que elegir entre arriesgarse en una situación o retroceder ante ella, se acordaba de aquel señor que en la banca del parque le había dicho:
–Tienen que arriesgarse si no quieren pasarse el resto de sus vidas en un solo árbol.
Y el joven se dijo a sí mismo:
–Si una ardilla corre riesgos, ¿voy a tener yo menos valor que ella?